ENSEÑANZAS BÁSICAS



1. Sólo Cristo


El único fundamento de toda la iglesia, de su fe y de la fe de cada uno de los cristianos es Cristo y solamente Cristo. El mismo apóstol Pablo lo señala inequívocamente:

·        "pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, que es Jesucristo." (1 Corintios 3:11)

·        "porque no hay más que un Dios; y no hay más que un hombre que puede llevar a todos los hombres a la unión con Dios: Jesucristo." (1 Timoteo 2:5)

Siendo así, la iglesia Luterana rechaza como herejía todo otro mediador que no sea Cristo.

 

2. Sólo la Bilbia (Sola scriptura)

La fuente única de revelación es la Sagrada Escritura del Antiguo y Nuevo Testamento. Su mensaje constituye el único padrón o regla para la enseñanza y vida de la iglesia, ya que es testimonio original de Cristo.

 

3. Sólo la fe (Sola fide)

El pecado no consiste en una suma o acumulación de actos malos, sino en la actitud mala hacia Dios y, por lo tanto, también hacia el prójimo. Las obras que brotan del egoísmo carecen de valor ante Dios por mucho que el hombre crea poder lucirse con ellas. Hace falta un cambio profundo de corazón y de la actitud ante Dios y el prójimo.

La nueva relación con Dios se llama fe ("certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve", Hebreos 11:1).

Esto lo declara el apóstol Pablo en cada una de sus epístolas (Romanos, Corintios, Gálatas, etc.). Lutero rechaza la opinión que el hombre puede salvarse por medio de buenas obras, ya que las obras, para ser "buenas", deben nacer de un corazón bueno y transformado.

Por eso decimos que "sólo la fe salva". Se sobreentiende (y así Lutero lo señaló expresamente) que de la fe brotarán necesariamente los frutos de las buenas obras. Una fe sin obras no es fe, sino ilusión, autoengaño o mera imaginación.


4. Sólo la gracia (Sola gratia)

Dios nos ama incondicionalmente y nos acepta como sus hijos, perdonándonos por misericordia y gracia pura, por la muerte vicaria de Cristo en la cruz (vicario significa "en lugar de").

Este es un regalo que, a menudo, nos cuesta aceptar precisamente por ser gratuito. No hemos hecho ¡nada! para conseguirlo. Dios en su infinita bondad nos ha dado vida en la muerte de su Hijo.

 


 

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